José Antonio Aparicio Florido
@ Agosto, 2005

Tras el devastador y dramático maremoto que ocasionó el 26 de diciembre de 2004 más de 300.000 muertos y desaparecidos en varios países del sudeste asiático, se ha despertado a nivel internacional una gran incertidumbre social ante este tipo de catástrofes naturales y ante la posibilidad de que un suceso de estas características y con un poder destructivo semejante pueda repetirse en muchos otros lugares costeros del planeta. Inevitablemente, los habitantes de las poblaciones que miran al mar se hacen ahora preguntas tales como ¿podría suceder aquí?, ¿cuándo volverá a ocurrir?, ¿qué posibilidades tendremos de sobrevivir? Para dar respuesta a éstas y otras muchas cuestiones no podemos abordar el estudio del riesgo de una manera global, sino que tenemos que particularizar el problema en espacios físicos más determinados y reducidos. Por ello nos ceñiremos aquí al litoral de las provincias de Huelva y Cádiz, que se extienden a lo largo de 407 kms de costa que encaran, en su mayor parte, el Océano Atlántico y el Estrecho de Gibraltar.

En esta parte del mundo en que residimos los andaluces aún se recuerda el llamado “Maremoto de Cádiz”, acontecido el 1 de noviembre de 1755, en el día de Todos los Santos, del que este año de 2005 se cumple el 250 aniversario de su acaecimiento. Se “cumple”, pero no se “conmemora”, ya que, por lo que sabemos, no se prepara ningún acto especial, al contrario que en Lisboa, donde se ha preparado un congreso de especialistas que debatirá diversos aspectos relacionados con la sismología en general, la actividad sísmica de esta zona y sus consecuencias para la población. Sin embargo, su recuerdo popular permanece como algo muy cercano en el tiempo, como parte de su anecdotario histórico y como respuesta heroica de los ciudadanos ante un hecho considerado excepcional o único. Pero lo ocurrido en Asia, en el Golfo de Bengala, ha hecho tambalear un tanto esa idea de excepcionalidad que se atribuye al desastre de 1755 y de ahí que se hayan publicado en diferentes medios de comunicación apreciaciones de diversos especialistas sobre la probabilidad de que este episodio histórico pudiera volver a repetirse y con qué proporciones.

Como estudioso de los temas relacionados con la Protección Civil, mi propósito en este artículo es ofrecer una idea del riesgo en unas dimensiones más justas y ofrecer una información suficiente que permita a cada cual valorar su situación frente a este peligro.

Para empezar diremos que un maremoto es una alteración violenta de la superficie marina que, motivada por diferentes causas, se expande desde un eje central en forma de ondas, generando así grandes olas que van cobrando mayor altura a medida que se van aproximando a una zona continental, actuando de forma parecida a como sucedería si tiramos una piedra en un lago o una charca. En el caso de los maremotos, los eventos que pueden motivar la generación de ese oleaje, además de los terremotos o sismos con epicentro marino, que es lo más habitual –con una casuística próxima a la totalidad–, pueden ser el impacto de un meteorito en el mar, un deslizamiento de ladera, una explosión nuclear subacuática o una erupción o explosión volcánica, como sucedió con la isla de Tera (Santorí) en c . 1500 a.C. o con el Krakatoa (isla de Java), en 1883.

Puesto que el peligro en todos los casos procede del mar, se designa a este fenómeno como “maremoto” (del latín “MARIS MOTUS", movimiento del mar) o muy comúnmente también como tsunami . Este término japonés significa “gran ola en puerto” y se emplea universalmente, tanto o más que el anterior, debido a la elevadísima frecuencia con que se producen en este país oriental y en el Océano Pacífico.

Retornando al maremoto o tsunami de Cádiz, y comparándolo con el ocurrido en Asia en diciembre de 2004, podemos afirmar que es muy poco probable que pueda registrarse un suceso de la magnitud de aquél, aun cuando no se descarta la repetición de otro menor del calibre de 1755. ¿Cuándo? No se sabe, ni existen datos ni cálculos precisos que hagan posible conjeturar un tiempo de recurrencia aproximado. Las tesis más conservadoras establecen en 500 años el período en que podrían repetirse tsunamis como el de aquel 1 de noviembre, aunque hay quienes se aventuraron en cifrarlo en 200 años –plazo evidentemente ya extinguido–, espacio de tiempo en que el Océano Indico ha sufrido siete maremotos devastadores sin contar este último de diciembre. Lo cierto es que desde entonces sólo se han registrado un terremoto de 7,2º al SW del Cabo de San Vicente en 1969, que destruyó dieciocho casas en la ciudad de Huelva, y otro menos violento en 1975; ambos generaron tsunamis que sólo pudieron ser registrados por mareógrafos ubicados en las proximidades del Banco Gorringe.

Existen enormes diferencias entre la mecánica tectónica existente entre las placas que originaron el tsunami de Asia (placas australiana e índica y la subplaca de Burma) y las que originaron el de Cádiz (placa africana y euroasiática). Al noroeste de Sumatra, las placas en contacto se desplazan a la velocidad de 6 cm/año cuando en la zona de fricción de la falla Azores-Gibratar (donde se originó el maremoto de Cádiz) se mueven a la velocidad de 4 mm/año, lo cual es en sí una diferencia abismal. Esto quiere decir que el empuje al que están sometidos los terrenos de ambas zonas del planeta es radicalmente distinta, acumulándose mayor cantidad de energía allí donde la presión tectónica es mayor. Ahora bien, toda energía acumulada en la roca litosférica tiende a liberarse, a relajarse, lo cual se produce cuando la roca es incapaz de aguantar el esfuerzo y la tensión a la que está sometida, y entonces se fractura y se desgarra, produciéndose lo que llamamos terremoto o sismo, que provoca la subsiguiente perturbación de tierra que se propaga por cualquier elemento sólido en forma de ondas sísmicas. En la zona epicentral del terremoto de 1755, el desplazamiento de las placas tectónicas es, como hemos dicho, de 4 mm/año frente a los 6 cm/año de Asia, por lo que la energía no se acumula en la misma proporción ni en el mismo intervalo de tiempo, haciendo que el período de recurrencia de un suceso similar sea en nuestro caso mucho mayor y la virulencia de esa liberación de energía mucho menor.

En segundo lugar, hay que considerar que la ruptura de la falla causante del maremoto de Asia alcanzó una extensión lineal de 1.000 kms generada en tres tiempos casi inmediatos (en 240 segundos) tras un terremoto de magnitud 8,9º M w , lo que significa que se trata de un hecho verdaderamente descomunal. En el maremoto de Cádiz, la ruptura máxima que se le calcula a la falla es de 100 a 250 kms, según los distintos autores, esto es, por debajo de una cuarta parte con respecto al de Asia, en un sismo que, a la vista de este reciente acontecimiento, podría haber alcanzado en torno a los 8º en la escala de Richter. Muy difícilmente en el futuro la ruptura de la parte de la falla que dio lugar al maremoto de Cádiz, también conocido como “Terremoto de Lisboa”, y que está situada al SW del Cabo de San Vicente, en el Banco Gorringe, será mucho mayor que en 1755, habida cuenta de que no tiene la misma directividad que aquél. ¿Qué significa que no tiene la misma “directividad”? Pues, simplemente, que la falla no se abre como si se tratara de una cremallera, sino que encuentra obstáculos y disrupciones en sus extremos que impiden que se siga desgarrando en una u otra dirección; es lo que se denomina una falla discontinua o compleja, lo cual reduce grandemente su peligrosidad. Esta menor extensión de la fractura de la falla redundará en un menor volumen de agua impelida por el movimiento telúrico, lo cual no quiere decir que no pueda ser muy dañino, como ya quedó demostrado a lo largo de las costas de Huelva (especialmente en Ayamonte) y Cádiz (sobre todo Cádiz, San Fernando y Conil).

Otro de los factores a considerar aquí es la orografía de las costas que presentan los lugares objeto de esta comparación. Las costas gaditanas tienen un mayor relieve, que se inicia en unos casos a pie de playa y, en otros, a escasos centenares de metros de la línea costera; no es una casualidad que fuera en Conil y en Ayamonte, donde playa e interior mantienen una cota especialmente baja y llana, donde las aguas se adentraron más en tierra firme por un efecto de focalización del tsunami. En el caso del Golfo de Bengala se da la circunstancia de que la mayoría de sus costas son extremadamente llanas, fuente de su paradisíaco aspecto y su atractivo turístico, lo que por el contrario ha favorecido que el oleaje llegara a adentrarse en puntos muy concretos hasta 14 kms tierra adentro. En Conil sólo llegó, según las crónicas de la época, hasta una legua y media (unos 8 kms) tierra adentro, y, en cualquier caso, parece un relato exagerado.

Pero, a pesar de que las posibilidades de vivir un cataclismo como el de Asia en el entorno del Golfo de Cádiz es prácticamente imposible, el riesgo prevalece. La principal razón para ello es que estamos ubicados en las proximidades de la interplaca entre Africa y Eurasia, y en los bordes mismos de la falla Azores-Gibraltar-Túnez, donde existe una muy incesante actividad sísmica generadora de sismos potentes que han causado amplia destrucción no sólo en España, sino también al norte de Marruecos, Túnez y Argelia. No obstante, aunque la balanza se inclina favorablemente hacia nuestra parte, no todo son ventajas. Si algún día se produce un terremoto como el de 1755 y en la misma zona epicentral, sólo dispondremos escasamente de una hora para situarnos en un lugar seguro, al menos lejos de las playas o del litoral. La velocidad media de propagación de las ondas marinas oscilará entre los 350 y los 400 km/h, la cual fue algo mayor en el maremoto de Asia, calculada entre 450 y 500 km/h.

Pero más que a la velocidad de las olas –que por otro lado van decreciendo a medida que se aproximan a las costas– a lo que se suele temer más es a la altura de las crestas, miedo alimentado por la rumorología, la leyenda, las exageraciones y la abundante filmografía de catástrofes de la industria cinematográfica. Debemos estar preparados para recibir olas de hasta 13 mts en algunos puntos de Huelva (más cercana a la zona epicentral) y no más de 7 mts en las costas de Cádiz, referencias que serían mucho menores si el terremoto se reduce en magnitud, lo cual no es mucho si lo comparamos con los 12-15 mts que tienen algunos lienzos de muralla de los que se rodea la ciudad de Cádiz o los más de 30 mts de altura que tienen algunos cabos como el de Roche. En Asia, la altura media de estas olas variaron entre los 7 y los 10 mts, calculándose en 17,5 mts las más altas; suponen un auténtico disparate las informaciones que hablan de olas de hasta 45 mts, inspiradas más bien en todo ese cine de catástrofes del que antes hablábamos.

Sirva este artículo para recordar, aunque sólo sea un instante, a las más de 300.000 víctimas mortales que se ha cobrado la catástrofe en el sudeste asiático y a las más de 1.200 que perecieron entre las provincias de Huelva y Cádiz aquel fatídico amanecer del 1 de noviembre de 1755.

Bibliografía:

E. BUFORN, M. BEZZEGHOUD, A. UDÍAS y C. PRO. “Seismic Sources on the Iberia-African Plate Boundary and their Tectonic Implications”. Pure and applied geophysics Review. Octubre, 2003.

J.M. MARTINEZ SOLARES. “Los efectos en España del terremoto de Lisboa”. Ministerio de Fomento. Madrid, 2001.

J.F. BORGES, B. CALDEIRA y M. BEZZEGHOUD. “Source Rupture of the Great Sumatra, Indonesia Earthquake (Mw = 8,9) of December 2004. Preliminary Results.”. Universidad de Evora.

A. NAVA. “Terremotos”. Fondo de Cultura Económica. Méjico, 1987.


Jose Antonio Aparicio Florido
aparicioflorido@proteccioncivil-andalucia.org