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Actualización:
18-diciembre-2005
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El 11 de diciembre de 2005, poco después de las 06:00 UTC, se produjeron varias explosiones sucesivas en una planta de almacenamiento y distribución de hidrocarburos de Buncefield, localidad situada a 62 km al norte de Londres (Inglaterra) y a 14 km de Luton. Los depósitos de Buncefield, que cuentan con 20 tanques de gran tamaño, están entre los cinco de mayor capacidad existentes en Gran Bretaña, con un volumen de negocio anual de 2,37 millones de toneladas de combustible al año. Estas instalaciones industriales son propiedad de las petroleras TEXACO y TOTAL, que suministran desde ellas a los principales aeropuertos del entorno de Londres, como los de Luton y Heathrow, y donde cargan a diario por término medio unos 400 camiones cisterna.
Tras una primera explosión siguieron otras dos, a intervalos de 20 minutos, a consecuencia de las cuales se generó un intenso incendio que elevó ingentes columnas de humo negro desplazadas por la acción del viento hacia el sudeste. Este humo estaba compuesto por sustancias irritantes que, según las autoridades británicas, podían provocar tos y náuseas, aunque sin ningún riesgo severo para la salud. No obstante, se recomendó a la población cercana que permaneciera en el interior de sus casas y cerraran puertas y ventanas para impedir la inhalación del mismo, insistiéndose en que el nivel de toxicidad era bajo.
Durante las primeras horas que siguieron al suceso, los bomberos, impotentes ante la fuerza imparable de las llamas, optaron por esperar a que el combustible se fuera consumiendo progresivamente, limitándose a ejercer labores de control perimetrales. Posteriormente, cuando la situación lo fue permitiendo, el incendio fue atacado con espuma y agua.
Las 150.000 toneladas de combustible que guardaban en ese momento los 20 depósitos de almacenamiento, de 13,5 millones de litros de capacidad cada uno, fueron pasto de las llamas. Los bomberos tardaron 72 horas en controlar el incendio, para lo que emplearon 15 millones de litros de agua, a un ritmo de 32.000 litros por minuto, y otros 250.000 litros de espuma concentrada. El martes 14 de diciembre tan sólo quedaban algunas llamas entre los restos que quedaron de dos tanques de carburante.
Las extensas columnas de humo contaminante generadas por el colosal incendio fueron desplazadas por la acción del viento y de la temperatura a través de las capas altas de la atmósfera, por el sudeste de Inglaterra y la costa atlántica de los países de Francia y España, adonde llegaron con un potencial tóxico muy reducido. En Francia recorrió las regiones de Normandía, Bretaña, Norte-Pas-de Calais, País de Loira y Aquitania; en España, circuló a gran altura por encima de la cornisa cantábrica entre el País Vasco y Galicia. Esta nube contenía gases, cenizas de carbón, y partículas de hidrocarburos en una mezcla muy diluida que, siguiendo las informaciones facilitadas por las autoridades sanitarias francesas y españolas, no suponían riesgo alguno para la salud humana. De hecho, Francia descartó cualquier tipo de efecto contaminante sobre el medio ambiente aunque España no descartaba la posibilidad de que las lluvias depositaran sobre la tierra algunas de estas partículas, en cantidades poco significativas.
Aunque al principio se rumoreaba la posibilidad de un ataque terrorista o el impacto de un avión contra los depósitos de combustible, la causa más probable es la del accidente, sin que se conozca de momento la forma exacta en que se pudo originar. Los primeros indicios apuntan a una fuga de combustible en algún punto no determinado o al motor de un camión, cuyo conductor habría mantenido encendido a pesar de la prohibición, causando la inflamación de los gases emanados del combustible.
En el siniestro resultadon heridas 43 personas, 2 de ellas graves. Más de 2.000, residentes de las zonas más próximas, tuvieron que ser evacuadas, siendo realojadas en pabellones deportivos o en casas de familiares y allegados. Estas pudieron regresar a sus hogares durante la jornada del martes siguiente.