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José
Manuel Calvo Hurtado
@
Marzo, 2003
Hoy en día, el concepto de autoprotección ha alcanzado cotas importantes en el mundo laboral y muy especialmente en los edificios de pública concurrencia, tal como son los casos de los edificios de las diferentes Administraciones Publicas, empresas y establecimientos destinados al ocio.
Los sucesos vividos en situaciones de emergencias, que han generado estragos en la vida y los distintos patrimonios, han tenido su peor efecto en la opinión de expertos, donde informes periciales han puesto de manifiesto que muchas de las pérdidas podrían haber sido evitadas. Si muy atrás pueden quedar aquellos sucesos ocurridos en Madrid, en la discoteca Alcalá-20, que en opiniones recogidas, se dice que fueron los propulsores definitivos de las Normas Básicas de la Edificación y Protección Contra Incendios en los Edificios, respetando otros criterios, aún no se acaba de concienciar a las distintas capas sociales, políticas, empresariales, usuarios... de los beneficios que constituyen una adecuada autoprotección.
De todo ello, ha quedado patente que la prevención es el mejor auxilio y la autoprotección la dinámica más acertada para llevarla a cabo, mediante herramientas de trabajo que pasan por mejorar conceptos sobre la importancia de la seguridad, todo acompañado de mejores hábitos que lo faciliten. No obstante, existe un inconveniente curioso de analizar y reflexionar: "¿es la seguridad un gasto o una inversión?". De lo que es a lo que debería ser va un abismo, especialmente cuando el explotador de una instalación, edificio o negocio cuyo factor principal de riesgo queda establecido en la concentración humana y su preocupación no va más allá de pasar una dichosa inspección para obtener una licencia y bajo el pensamiento de "cuándo le dejarán tranquilo". Entre tanto esto siga ocurriendo así, la seguridad y la prevención serán deficitarias.
Retomando la reflexión sobre si la seguridad es un gasto o una inversión, aquí el postulado versa sobre que mientras se piense o trate como gasto, lo será de forma residual y bajo la acepción humorística de que la expresión cumplimiento de la norma significa en realidad "cumplo y miento". Si por el contrario, el tratamiento es de inversión, se estará protegiendo verdaderamente la vida humana y el patrimonio, bajo el cálculo que asegura que prevenir es más barato que reparar.
Por otro lado, la autoprotección ha alcanzado cotas importantes en el mundo laboral, especialmente desde la publicación de la Ley 31/95 de Prevención de Riesgos Laborales, aunque quedan muchas y muy grandes lagunas por cubrir; paradójicamente, las distintas Administraciones Públicas son las que más incumplen, en un claro ejemplo de lo que no debería ser, máxime cuando se promueve protectora de los intereses de los contribuyentes. Será cuestión de esperar más tiempo y seguir concienciando. Qué duda cabe que en los establecimientos de pública concurrencia, tanto trabajadores como público en general comparten el riesgo que se asume y por tanto, el lento avanzar de la "cultura preventiva" va exigiendo de unos y otros avances significativos. Los más expuestos a estos riesgos van deseando cada vez que se eviten a toda costa pérdidas innecesarias. Casualmente, los responsables políticos y empresariales continúan haciendo oídos sordos a estos avances. La escasa probabilidad de ocurrencia de siniestros, induce a jugar en riesgo sobre las responsabilidades que pudieran acarrear, pese a que éstas puedan ser administrativas, civiles o penales. A veces son auténticas "ruletas rusas".
La
autoprotección como mejor auxilio 
Antes ya citada, la autoprotección es la mejor dinámica para el aseguramiento de las medidas de prevención y de actuación ante las hipotéticas intervenciones en emergencias. La redacción de un adecuado plan de autoprotección aporta una serie de beneficios previos al plan de emergencia, que por lo general la gente no es consciente de ellos. Los componentes de los equipos de intervención buscan qué hacer en caso urgente y aspiran a tener una sola hoja, donde de forma esquemática aparezcan las instrucciones a seguir para cada caso. No obstante, debemos recordar que los sucesos hipotéticos parten de un análisis de riesgos y, que serán más ajustados a la realidad, cuanto más concienzudos y científicos sean los riesgos analizados, pues no se trata de suponer ni de adivinar, sino de objetivar.
A todo ello, es preciso asumir el concepto de "seguridad integral" como una interacción de los distintos factores y sobre las relaciones de "causa-efecto" que podrán tener las consecuencias de un campo sobre el otro. Un plan que sólo recoge posibles incidentes y descarta otros, porque su referencia esté en un marco distinto, por ejemplo, el criminal, es un plan que sólo funcionará en unos casos y estará carente desde el principio. No se trata de pensar en una colisión de galaxias, pero sí de que un incendio provocado puede tener la maldad de anular los sistemas de contraincendios previstos para incendios fortuitos. Este nivel de planificación se deberá ajustar a cada tipo de instalación. Para ello, es conveniente que abordemos este campo como si de dudas existencialistas se tratara: "¿y si eso falla?"... "siempre debemos tener un plan B". No sería la primera vez que el alimentador de una bomba contra - incendios fue interrumpido o que una puerta de emergencia en un acto de sabotaje fue atascada para impedir su uso. Si bien es cierto que siempre podrá existir un efecto mayor a nuestra capacidad de actuación, es preciso ajustar nuestras posibilidades al ambiente en el que se desarrolle nuestra actividad.
Los planes de autoprotección, están a veces mal definidos cuando se hace referencia a ellos en el único término de "plan de emergencia", ya que éste es sólo el documento tercero, después de un análisis de riesgos y un inventario de medios y recursos.
Si bien existen diversos manuales para la confección de un adecuado plan de autoprotección, así como grandes expertos y empresas especializadas que comercializan con ello, los productos finales dejan mucho que desear cuando las implantaciones no se producen o son de dudosa eficacia. Es fácil ver cómo en las estanterías de los gabinetes de seguridad de las empresas, existen planes perfectamente encuadernados con todo lujo de detalles, e incluso algunos más aventurados los exponen en armarios en los accesos de los edificios, con toda la hipocresía que resulta cuando los responsables de las actuaciones no son conocedores de las mismas o, en el peor de los casos, modificaciones surgidas en la evolución de los usos de los establecimientos han dictado cambios que no han sido recogidos en las necesarias actualizaciones de los planes de autoprotección.
Todo un mundo de fantasías, que evidentemente choca en el pensamiento del perfeccionista que busca tener éxito obteniendo la respuesta adecuada ante cualquier eventualidad. En un indicador de eficacia no se trata de caminar por los valores extremos, por tanto, nunca se conseguirá la seguridad absoluta, pero tampoco es conveniente encomendarse a la suerte para salvar la situación por falta de prevención.
Por todo ello, el desarrollo teórico de los contenidos no es la solución final que buscan los explotadores o usuarios de instalaciones, sino más bien un preciado vehículo o recorrido por todas las vicisitudes de cada actividad a analizar en concreto, de cada edificio, de cada tipo de usuarios y todo a su vez, en una constante interacción con el medio ambiente donde se desarrollen las actividades en cuestión.
Es el plan de autoprotección el documento que va a analizar el marco normativo aplicable, para distinguir entre lo que debe cumplir y realmente cumple. En tal análisis se entenderá que los defectos serán subsanables o pasarán a incrementar el índice de riesgos. Cuando las medidas carentes no puedan ser colocadas, se entenderá la condición de "riesgo asumible", que es una consideración a barajar entre la responsabilidad y la ética.
En perfecta coordinación con los riesgos analizados, ya sea para ser minimizados, eliminados o asumidos, se efectuará un análisis pormenorizado de los medios y recursos que deban existir y la colación de los que realmente existan. Será vital no sólo una práctica cuantitativa, sino que además deberá abordar razones cualitativas, que sean las que al fin y al cabo arrojen los componentes de eficacia necesarios.
El plan de emergencia vendrá a responder a las preguntas que pudiéramos cuestionar ante las hipótesis barajadas. Será de todas, el camino a seguir, las pautas a tomar, en cada caso. Por tanto, también esta parte del plan de autoprotección guardará relación con las dos anteriores. Debe existir una gran coherencia al determinar ¿quién?; ¿cómo?; ¿cuándo? y ¿dónde? deberá actuar cada cual en cada caso.
De todos los apartados, será sin duda este último el que va a garantizar la eficacia de su implantación y su mantenimiento, que constituye la culminación para obtener unos resultados esperados y necesarios para afrontar con las respuestas adecuadas las vicisitudes que se puedan originar.
Siempre a nuestro pesar, abordaremos este campo desde la dichosa irretroactividad, sobre todo en materia de edificaciones, instalaciones generales y de protección contra-incendios. Resulta paradójico la reflexión que se haya sobre si en una edificación de nueva planta son imprescindibles unos requisitos constructivos mínimos para garantizar la seguridad y salubridad de los usuarios u ocupantes, por qué en una antigua se siguen permitiendo serias carencias que aventuran las mismas garantías antes exigidas. Es como determinar a ciudadanos de primera y de segunda clase, según si tuvieron la suerte o azar de caer en un edificio nuevo o en un edificio antiguo.
Desde el análisis de riesgos y el de los medios y recursos necesarios hasta la implantación y mantenimiento de un plan de autoprotección, el proyectista y los explotadores, así como los usuarios de cada edificio, se encuentran con la situación antes citada: edificios que no cumplen la normativa actual y que además no existe cuerpo jurídico para obligarles a ello. Qué hacer antes esta situación. Es lo que denominamos la "adaptación posible", es decir, análisis de aquellas modificaciones que puedan ser viables en función de la relación inversión-rentabilidad, siendo la rentabilidad el uso que se vaya a destinar el efecto.
Lo anterior expuesto, se materializa en la construcción de medidas de protección pasiva, tales como la sectorización de edificios, colocando puertas con adecuada resistencia al fuego, reforzando muros, cerrando pasos que facilitaran la propagación del fuego, construyendo escaleras adosadas para garantizar la evacuación, etc... así como implementando medios de protección activa, tales como aumento de extintores portátiles, instalando B.I.E.s, centrales de alarma con detectores, etc.
Resulta evidente que muchos de los edificios a abordar, presentarán estructuras tan antiguas que será imposible llevarlos a las condiciones actuales de la normativa, aún con toda la voluntad posible, aún así no será óbice para proyectar instalaciones y modificaciones que rebajen los índices de riesgo o en el mejor de los casos, acaben eliminando algunos.
Por
qué un Plan de Autoprotección 
Es evidente que existe una evolución de los riesgos observados en el paso del tiempo. El uso de nuevas tecnologías si bien han generado mejores beneficios, también es cierto que han propiciado mayores índices de riesgos. Desde el comienzo de la revolución industrial, son muchas las víctimas que se han cobrado los inventos del hombre, que en principio iban destinados a mejorar la calidad de vida o la productividad. Ha sido o sigue siendo necesario el paso del tiempo, "de mucho tiempo", para fomentar la cultura preventiva, que aún está en un estadio de comienzo si se tiene en cuenta las carencias con las que nos comparamos a otros países más desarrollados.
Técnicas como la ergonomía han tratado de acercar las máquinas al hombre y hacer su compenetración menos lesiva para la parte más frágil de la simbiosis, aunque con grandes avances también con grandes lagunas o expectativas por cubrir.
Una de las preocupaciones existentes que tienden a justificar la existencia de los planes de autoprotección, son las excesivas horas que las personas conviven con los riesgos asociados a cada tipo de actividad y edificios en los se habitan, de forma transitoria o permanentemente. La probabilidad de ocurrencia de una situación de emergencia, obliga a que se esté cada vez más y mejor capacitado para ofrecer una respuesta adecuada a cada caso.
Sobre lo estimado en los puntos anteriores, resulta vital para poder aproximarse al éxito, el conocer los riesgos para poder analizarlos y controlarlos, si así fuera posible, para lo cual es preciso identificar los factores que están inter-dispuestos en el medio, para poder aislarlos o al menos tener dominio e información suficiente sobre ellos. De ahí podremos pasar a la definición de "asunción de riesgos", que entenderemos como aquellos existentes e inherentes a la actividad en sí, con los que tendremos que convivir, aún aplicando unas medidas preventivas. Recordar que deben siempre prevalecer las protecciones colectivas a las individuales y que éstas últimas, sólo se utilizarán en los casos más extremos. Un riesgo asumido no tiene por qué generar un accidente, aunque sí precisará de una atención extraordinaria para su evitación, lo que convierte la convivencia con estos factores en situaciones de cumplimiento estricto normativo sin excepciones.
No obstante, la mejor prevención trata de evitar las causas de los accidentes y para ello, dispondrá la proyección de cada plan de autoprotección, de las necesarias instrucciones para afrontar los riesgos analizados y para que en el caso de que éstos se materializaran, tendrá que recoger qué medios van a estar disponibles, quiénes los van a utilizar, cómo y cuándo.
En los casos de ocurrencia de emergencias:
La implantación de un plan de autoprotección debe obedecer a la filosofía de "documento vivo". Un plan que se guarda en un cajón no es útil para la gestión de la emergencia. Es preciso que se practiquen revisiones periódicas y que se actualicen aquellos cambios que se originen en el edificio en cuestión o en los usos o actividades a los que estén dedicados. Cualquier cambio por pequeño que sea, puede resultar ser más importante de lo que al principio parece, no debiendo confiar en la temible frase para la prevención que es "aquí nunca ha pasado nada".
Es importante que se organicen los recursos humanos que vayan a estar destinados a las responsabilidades que se atribuyan en el plan de emergencias (documento 3º del plan de autoprotección). No bastará con designar las tareas a las personas, sino que éstas deben tener relativa capacitación y formación que les posibilite afrontar sus encomiendas con las mínimas garantías de éxito. El reciclaje continuado y el entrenamiento o simulación "roll play" (supuesto práctico) servirán para la mejora de la elaboración de respuestas adecuadas a cada hipotética situación de emergencias previsibles.
Si antes se cita la importancia que existen en los cambios de los edificios o las actividades a que estén destinados, igualmente importante es que los empleados que estén integrados en los planes de autoprotección, estén informados de esos cambios y de cómo les afectan para las posibles intervenciones.
La
formación en autoprotección 
El programa formativo sobre autoprotección en edificios públicos, abarca una serie de objetivos, que se abordan desde un curso básico, con aspectos genéricos y otros de carácter más especializado, que puedan complementar los conocimientos. Sus objetivos elementales son:
Estos cursos tienen como objetos concretos, mostrar todas las cuestiones normativas y prácticas más elementales para el diseño de un plan de autoprotección. Con ello, los alumnos estarán en condiciones de abordar la redacción de un plan de autoprotección en sus distintos centros de trabajo. Los niveles de calidad deseados, estarán condicionados a la formación y habilidades de los alumnos.
Los conceptos que deben ser abordados son los siguientes:
También se pueden programar cursos prácticos y específicos para los componentes de los equipos de intervención. De la redacción de un plan de autoprotección de cualquier edificio, nace entre otras necesidades, la designación de equipos de empleados que asuman las primeras tareas en caso de emergencias, bien para poder controlar la situación desde su fase de conato, bien para efectuar las primeras acciones hasta la llegada de los bomberos y profesionales sanitarios de emergencias.
Qué duda cabe, que sobre los conocimientos más elementales de estos trabajos, el aprendizaje sobre trabajos simulados, supondrá la mejor experiencia para el asentamiento de la información recibida.
El alumnado más frecuente para este tipo de cursos prácticos, donde además de las explicaciones teóricas elementales, conllevarán el desarrollo de ejercicios prácticos, precisa de forma importantísima, tener unas condiciones físicas mínimas con las que afrontar con agilidad las respuestas idóneas a las hipotéticas demandas.
Se abordarán las siguientes disciplinas:
Recibirán instrucciones prácticas, claras y concretas, de cómo actuar en cada situación, al objeto de conseguir unas respuestas ágiles y eficaces en las distintas hipótesis que serán tratadas.
Cada vez son más rigurosos los requisitos para la apertura y explotación de cualquier actividad en los locales inmersos en la concurrencia pública. Las experiencias vividas y la evolución cultural de la población marca una clara tendencia hacia unos necesarios parámetros de calidad y requisitos mínimos, todo ello con claros miramientos a salvaguardar la vida humana y si cabe, aún más, a protegernos de responsabilidades administrativas, civiles y penales.
En este régimen de cuestiones, resulta a veces indignante pretender salvar las responsabilidades antes citadas con la maravillosa frase "yo ya se lo he notificado" como queriendo decir, a partir de ese momento, pueden ustedes morir tranquilos, que yo no voy en este barco y se hunden ustedes solitos.
Esto practica clara inferencia con las necesidades de cultura preventiva. Los requisitos que se exigen, están marcados por normas cuya primera contradicción, en opinión de este autor, es la existencia del carácter irretroactivo general, eliminando de un plumazo lo referido en puntos anteriores como las posibilidades de la "adaptación posible" y las probabilidades dispares de supervivencia según se esté en el momento de una emergencia, en un edifico que cumpla la normativa o que no la cumpla y además no tenga obligación de ello.
Resulta también muy increíble, cómo muchos de los ayuntamientos de nuestro país, están exigiendo obras de seguridad, cumplimiento normativo y lo hacen desde exiguos edificios, algunos con claras patologías en sus edificaciones.
Un aspecto a destacar en cuanto al campo de las autorizaciones administrativas para otorgar licencias de apertura y actividad, es la ambigüedad a que se prestan algunas normas aplicables, donde los más pillos han detectados lagunas legales de interpretación muy convenida según qué casos. La Administración afecta debe exigir el máximo posible, es evidente la obligación de protección a la población, pero los técnicos proyectistas no deben utilizar subterfugios para cumplir en un régimen de mínimos. Es siempre un llamamiento a la ética profesional, sobre todo teniéndose en cuenta el destino de estas apreciaciones: "proteger la vida humana a toda costa". Es una clara duda filosófica: ¿son los costes de la prevención un gasto o una inversión?. Ahí está la clave de todo. Según la mentalidad y conceptuación con la que se aborde el tema, tomará una u otra inclinación, pudiendo llegar la desviación final a ser abrumadora.
Las inspecciones, vistas desde el prisma más elemental, constituyen el sistema de control de las administraciones para establecer el control fijo o aleatorio del cumplimiento normativo. No obstante, la diferencia de intereses entre la inspección y los inspeccionados, invade toda imaginación con todo tipo de artes y suertes con las que los primeros llevar a cabo el trabajo y los segundos salir airosos del apuro.
De la profesionalidad y entrega del inspector va a depender en buena parte la calidad y eficacia del acto. De la responsabilidad de los segundos, la verdadera eficacia de los medios y trabajos destinados a la prevención y la seguridad.
Las sanciones, se describen como método coercitivo para la corrección de descuidos. La astucia de sancionados y letrados que los asisten, conlleva a la absolución de muchas de ellas. Nuevas leyes sobre la gestión de espectáculos públicos, campo donde se observan las peores atrocidades, han evolucionado bastante en algunas comunidades autonómicas, llegando a ser las sanciones de muy alta consideración. Es efectivamente lo que ha modificado la conducta de quienes en la celebración de un espectáculo, presupuestaban los gastos de personal, fungibles y de la sanción con la que ya contaban, muy asumido como un gasto más.
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José Manuel Calvo
Hurtado 
jmcalvo@proteccioncivil-andalucia.org